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La voz del Hijo Resucitado

 

  • Hay un aumento de su luz de manera global. El aumento de su luz está produciendo mayor discernimiento para ver que todo se trata de Él, lo que no pertenece a Cristo y todo se vuelve más claro. Dios manifiesta su hermosa realidad, porque la vida no es un vocabulario, es una persona. Cuando Cristo crece en nosotros vemos como Él ve. No es solo tener al Hijo, es también oírlo, porque el corazón de un hijo con desarrollo de discernimiento sabe reconocer su voz. Si queremos conocerlo más, tenemos que escucharlo y obedecerlo. Oír su voz es semejante a tener el respaldo del reino de los cielos, porque la voz del Hijo es la que define todas las cosas.
  • Dios nos llamó para oír y hablar, orar y cantar lo que hace el Hijo; no hablamos por nuestra propia cuenta. Es tiempo de renunciar al orgullo de las opiniones. Todos podemos y tenemos que asumir la responsabilidad de quitar los estorbos para que la voz de Dios sea más clara. Si Dios habla, sostiene y sustenta. Todo en el nuevo hombre es plenitud. La casa debe edificarse sin ruido y en paz. Somos gente de pacto; pertenecemos a un pacto que Dios hizo, y lo que pertenece al pacto no se daña. Fuimos entrenados para las cosas sensoriales hasta que vino la vida del Espíritu; nuestra mente fue entrenada en necesidad, carencia, orfandad. Su voz contiene una sustancia llamada amor; Él habla bien de nosotros.
  • Hay un aumento de su luz de manera global. La iglesia está disfrutando un aumento extraordinario de esta vida divina. El Señor está despertándonos a la centralidad completa y absoluta de Jesucristo. Está pasando en ciudades, provincias, estados y naciones. Dios lo está haciendo en toda la tierra.
  • Esto es un acto soberano del Padre: revelar a su Hijo. Todas las luces están resplandeciendo; la mañana está creciendo; se ve cada vez más nítido al Señor como el absoluto de todo. Aunque aún no lo vemos todo claro, las tinieblas están pasando y la luz está alumbrando.
  • Estamos conociendo a Cristo de manera universal y también personal. Lo vemos como Señor de todo, y también creciendo en nosotros. Este aumento de su luz produce discernimiento: para ver que todo se trata de Él, para ver las personas como Él las ve y para descubrir lo que no pertenece a Cristo. Identificamos lo viejo y lo nuevo. Esto despersonaliza los problemas y hace desaparecer ofensas, tristezas y enredos. El ecosistema del Espíritu es santidad, pureza, amor, misericordia y bondad.
  • Vemos a Cristo en la vida que recibimos. La vida es una persona. Verlo en la vida recibida nos da su perspectiva y renueva nuestro entendimiento. Cuando Él crece en nosotros, comenzamos a ver como Él ve, no según opiniones ni experiencias pasadas. La iglesia es lo que Jesús dice que es. La luz nos da su perspectiva y así la tratamos como Él la trata.
  • El Padre dijo: “A Él oíd”. No basta tenerlo; hay que oírlo. Su voz es gubernamental. No sugiere: dirige. El hijo maduro responde a esa dirección, y cada obediencia nos da mayor conocimiento de su persona. No obedecemos para ser bendecidos; ya fuimos bendecidos en Cristo. La gloria de la obediencia es conocerlo más.
  • Hemos banalizado la expresión “Dios me dijo”. Dios está restaurando el valor de su voz. Es mejor oír una vez su voz y obedecer que oírla muchas veces y no responder. Oír su voz es el reino en acción: cuando el Rey habla, el reino respalda.
  • La voz del Hijo define todas las cosas. Por eso volvemos a las preguntas: ¿qué habla, ora, canta, anuncia y declara el Hijo? La iglesia no tiene voz propia; expresa la voz del Hijo como el Hijo expresaba la voz del Padre. No opinamos por nuestra cuenta: preguntamos qué dice el Hijo acerca de todo—familia, congregación, economía, destino. Es tiempo de renunciar al orgullo de las opiniones.
  • Dios está creando un ambiente propicio para discernir mejor su voz. Una conciencia limpia hace su voz más clara. Nadie posee el monopolio de la voz de Dios. La voz del resucitado es interna, poderosa, gobernando dentro nuestro. Cantar de los Cantares muestra la voz del rey hacia la campesina: Cristo hacia su Iglesia. El Rey se hizo campesino para elevar a la campesina a reina; Cristo se hizo hombre para llevarnos a su dignidad.
  • Somos gente de pacto. Lo que pertenece al pacto no se destruye. Las relaciones de pacto perduran. Pertenecemos a un pacto eterno. La sangre del Hijo nos une.
  • La palabra de la cruz separa alma y espíritu; fuimos entrenados en lo sensorial, pero ahora el Espíritu nos entrena en la Vida. Allí descubrimos que lo tenemos todo: plenitud en Cristo. El espíritu testifica plenitud, no carencia. Por eso podemos disfrutar la gloria de su voz, la voz del Hijo.

 

Síntesis desde las frases:

 

  • Hay un aumento global de la luz de Dios, y ese incremento está produciendo mayor discernimiento para reconocer que todo se trata de Cristo. A medida que la Luz crece en nosotros, se despierta una certeza más profunda de la Vida que nos habita. Las tinieblas están pasando, la luz se está manifestando, y lo que Dios está edificando va en aumento. En toda geografía se escucha el sonido de su voz y se ve cada vez más nítidamente al Señor, mientras recuperamos la centralidad absoluta de la persona de Cristo.

 

  • Nuestro ecosistema es la Vida de Dios. La Vida no es un vocabulario, es una Persona. Todo lo que pertenece a la Nueva Creación lleva el nombre del disfrute, y vemos cómo Dios se va entretejiendo en nuestra vida. El conocimiento de Cristo transforma nuestra manera de conducirnos y, así como vemos la Iglesia, así la tratamos. Verla como Cristo la ve nos permite tratarla como Él lo hace. Cuando Cristo crece en nosotros, aprendemos a ver como Él ve.

 

  • No se trata solo de tener al Hijo, sino también de oírlo. Su voz es de carácter gubernamental, y el corazón de un hijo sabe responder a su dirección. Cuanto más respondemos a su voz, más le conocemos. Si queremos conocerlo más, necesitamos escucharlo y obedecerlo. Esto no es la suma de experiencias sensoriales: es una responsabilidad. Hemos banalizado la expresión “su voz”, y necesitamos recuperar la conciencia de la voz de Dios, porque al hacerlo hay menos espacio para la voz de la serpiente.

 

  • Oír su voz es tener el respaldo del reino de los cielos; es el reino en acción. La voz del Hijo define todas las cosas. Dios nos llamó a oír para hablar lo que habla el Hijo. Por eso es tiempo de renunciar al orgullo de nuestras opiniones. La Iglesia no tiene voz propia: escucha la voz de su Señor. Nadie posee el monopolio de la voz de Dios; la oímos corporativamente. Y si Dios habla, Dios sustenta. Por eso todos debemos asumir la responsabilidad de quitar los estorbos a la voz de su Palabra.

 

  • En el Nuevo Hombre todo es plenitud, y la Casa debe edificarse en paz. Los “besos de su boca” revelan la trascendencia de su Pacto. Somos gente de pacto; pertenecemos a un pacto que Dios hizo, y lo que proviene de ese pacto no se daña. La fidelidad o infidelidad siempre es una cuestión de pacto. La gente de arriba es resolutiva en los conflictos, porque vive desde la realidad del Espíritu.

 

  • Fuimos entrenados para movernos por lo sensorial, hasta que vino la vida del Espíritu. La palabra de la cruz nos separa de las mezclas, y nuestra mente —entrenada por un sistema perverso que nos identificó como huérfanos— es reconfigurada en el espíritu para reconocernos como hijos. Por eso necesitamos aprender a identificar su voz entre tantas voces, recordando que su voz contiene una sustancia llamada amor: Él habla bien de nosotros. Es que la expresión de su amor colabora para nuestra madurez; su amor nos da seguridad para avanzar a lo que él quiere. Su Voz es nuestra única confianza y viene a afirmarnos en su amor.

 

Citas Bíblicas:

  • Salmo 119
  • Colosenses 1
  • Cantar de los cantares 
  • Efesios 5.25-27

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