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¿DÓNDE ESTÁ LA VOZ DEL HIJO?

  • Cuando habla el Señor, habla con amor, fe y esperanza. Necesitamos prestar atención a lo que Él nos dice, ya que Su voz nos guía a la transformación. La naturaleza de Su voz es de pureza, vida, y santidad, y es esa naturaleza la que debe gobernarnos. Por eso, cuando escuchamos Su voz, debemos preguntarnos: ¿Qué naturaleza predomina en mí? La voz de Dios no puede ser manipulada desde afuera; debe ser conocida desde adentro. 
  • Todo lo que se ve hermoso se preserva, y es el amor de Dios el que nos transforma y nos preserva. Dios nos ve con ojos de amor, realmente vestidos, no como nos vemos nosotros mismos. Tratamos a las personas como nos vemos a nosotros mismos, y cuando empezamos a vernos a través de los ojos de Dios, también comenzamos a ver a los demás con ese mismo amor y compasión. 
  • La ministración del Señor a nuestra vida no es una ministración humana. Su palabra nos limpia, nos embellece y nos transforma. El Señor nos va limpiando y embelleciendo por la Palabra que nos habla, y es a través de esa Palabra que nuestra naturaleza se va alineando a Su voluntad. 
  • Cuando Cristo habita en nosotros, somos regenerados, y la pregunta es: ¿quién adora? Soy yo o es Cristo en mí? 
  • La voz del Hijo es la que nos llama a la vida y a la transformación. La voz que conduce la iglesia es la que la limpia, la vivifica, la levanta, la lleva más alto, a mirar desde una perspectiva eterna, desde un aspecto eterno, porque desde arriba todo es más pequeño. Es Su voz la que nos guía, nos corrige, nos instruye y nos llama a vivir en santidad. Cuando todos escuchemos la voz del Hijo, nos vamos a ordenar, porque la voz de Dios nos llama al orden y a la obediencia. 
  • Nuestra generación sufre de un “subsidio” de la voz de Dios, debido a que muchos se han dejado llevar por voces que no provienen de Él. Por eso es tan importante aprender a discernir Su voz. Al escuchar Su voz, encontramos la gloria de esa voz, que está preparando un ejército para hacer Su voluntad en la tierra. 
  • El afirmarnos en Su amor no nos deja en un infantilismo emocional. El amor de Dios tiene que ver con Sus intereses y no con los nuestros. Cuando amamos, nuestro deseo pertenece al deseo de nuestro Amado, y Su interés se vuelve el nuestro. Y en esta nueva perspectiva, nuestras vidas son transformadas en acción y obediencia. En las cosas más sencillas seremos movidos por el Espíritu y Cristo será visto entre nosotros. 
  • La voz del Hijo está convocando a la iglesia, y estamos respondiendo para ponernos en la línea. La obra no nos cansa, lo que cansa es la naturaleza con la que estamos haciendo la obra. Desde la nueva creación estamos en reposo, haciendo todo lo que Él nos pide. El amor te recrea, te renueva. Y en este proceso de renovación, el amor de Dios nos sostiene, transformando nuestro corazón, nuestra mente y nuestra forma de actuar. 
  • La adoración es el Hijo adorando en nosotros, y cuando esto ocurre, el único que es glorificado es el Padre. Cuando amamos al Señor, nuestra vida de adoración se convierte en un testimonio de Su gloria. Si lo escuchas a Él, Su amor te enamora, te atrapa, te seduce. Toda respuesta que Él reconoce en mí es el Hijo, y cuando Él habla, hay vida, hay transformación, y hay resurrección de muertos. 
  • Estamos siendo entrenados para oír Su voz continuamente. Vivir en el Espíritu es oír Su voz y vivir salvación. Su voz nos llevará a lo más profundo del corazón del Padre. 
  • La Voz de Dios es tan extraordinaria que comienza en nuestra vida, pero no termina ahí, es cooperativa. Cuando escuchamos y respondemos a Su llamado, entramos en una cooperación con el Espíritu, llevando adelante la misión que Él nos ha dado. La nueva creación está operando en nosotros para servir, y es en este servicio donde Su voz nos guía y nos prepara para las grandes batallas de la vida.

 

 

Síntesis:

 

  • Cuando el Señor habla, habla amor, y esa ministración a nuestro corazón nos embellece. Él nos ve vestidos de su bondad y de su hermosura, y mientras nos limpia y nos embellece por la Palabra que nos habla, también transforma la manera en que tratamos a las personas, porque tratamos a otros como nos tratamos a nosotros mismos. La voz del Hijo no puede ser manipulada desde afuera; debe ser conocida desde adentro. Por eso necesitamos aprender qué es ser conducidos por la voz de Dios, especialmente en una generación que sufre de un “subsidio” de esa Voz. Hoy, la Voz del Señor está emergiendo con fuerza, y no nos dejará en un estado de infantilismo espiritual, porque su amor será el sustento para todo lo que tengamos que enfrentar. Su amor viene a producir un cambio, no a satisfacer nuestros intereses; cuando amamos, nuestro deseo pertenece al deseo de nuestro Amado, y su interés se vuelve el nuestro.

 

  • El Hijo es quien adora en nosotros, y cuando lo hace, el único que es glorificado es el Padre. Cuando se adora en Cristo, no hay persona más importante que el Padre. La oración no es un precio que se paga: es un disfrute. Orar en el espíritu es disfrutar, porque estamos siendo entrenados para oír su Voz todo el tiempo. No se necesita un gran ambiente; se necesita vivir en el espíritu. Y si el Hijo habla, habrá vida, porque la Iglesia crece mediante el amor. Si lo escuchás a Él, su amor te enamora, y nuestra vida responde a ese amor. Quien oye su amor quiere ganarlo continuamente.

 

  • La obra no cansa; lo que cansa es la naturaleza con la que la hacemos. Desde la Nueva Creación estamos en reposo, haciendo todo lo que Él nos pide. Su amor nos recrea y nos renueva, y aun en las cosas más sencillas seremos movidos por el Espíritu, de modo que Cristo será visto entre nosotros. La nueva creación está operando para servir, y la voz que conduce a la Iglesia es la que la limpia, la vivifica, la levanta y la lleva más alto, a mirar desde arriba, desde un aspecto eterno.

 

  • La Voz del Hijo nos convoca y nos reúne para que podamos responder. Al escucharla, nuestra vida se ordena. Su Voz es corporativa, no es autonomía; a esa Voz hay que prestarle atención. Comienza con tu vida, pero no termina con vos: es corporativa. Su Voz es su amor. Y cuando el Resucitado habla, su Voz nos convence, nos constriñe, nos “obliga”.

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