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La Palabra predicada

La Escritura no es esencialmente la palabra; la palabra es Cristo, la semilla que debe caer en buena tierra. Antes de la cruz los hombres recibieron anuncios, sombras y figuras, pero la revelación plena viene por Cristo. La adoración no es lo que la iglesia hace, sino lo que Dios produce. El tesoro del evangelio es Cristo mismo. No hay avance si no vemos a Cristo ni si su aroma no se manifiesta en nosotros. La verdadera predicación del evangelio es la expresión de Cristo por medio de su cuerpo.
El Espíritu separa lo que está consumado de lo que aún está en proceso. Estamos aquí por causa del propósito, porque lo hemos visto.
Nuestra unión con Cristo tiene alcances inimaginables, y aunque lo contemplamos, muchas veces seguimos expresándonos como si no hubiera ocurrido. Es necesario que la vida de Cristo sea formada en nosotros para saber quiénes somos.
Hay un solo sacrificio agradable a Dios: el sacrificio de Cristo, que quita para siempre el pecado. Cuando Cristo fue sacrificado, estábamos en Él.
Las cartas apostólicas no nos enseñan a vivir desde la carne, sino que dan testimonio de la vida de Cristo en nosotros.
La palabra de Dios es Cristo implantado como semilla en nuestra alma para el incremento de su vida. Esa palabra no es simplemente lo que leemos u oímos; es la persona del Hijo manifestándose. Sabemos que por esa palabra fue creado el universo.
Antes de la cruz nadie podía tener la mente de Cristo porque no había recibido la naturaleza divina. Hoy Dios se revela mediante el Hijo; Él habla y revela al Hijo en nosotros. Cuando Cristo se expresa, otros perciben ese aroma y desean la vida que ven. Eso es evangelización: una persona, Cristo, expresándose en nosotros. La predicación y la adoración no son actividades humanas, sino la obra de Dios en su cuerpo.
La iglesia es una edificación espiritual. Todo lo que el Espíritu hace es formar a los hijos para las obras preparadas de antemano. Dios tenía un propósito eterno antes de que todo fuera creado, y ese propósito se cumple cuando Cristo es revelado y expresado. El Espíritu produce en nosotros el querer y el hacer; somos instrumentos para que en esas obras se manifieste Cristo. Cuando Cristo es formado en nosotros, comienza a expresarse como fragancia, la fragancia del conocimiento de Él. Si espiritualizamos lo que aún está en proceso, aparecen mezclas y doctrinas humanas; pero cuando discernimos lo que ya está consumado, todo se ordena.
Cristo es el único que cumplió la obediencia perfecta. Su palabra no volvió vacía. Su muerte y resurrección fueron también nuestras. La vida que ahora vivimos es su vida, y nuestra posición es estar sentados con Él en lugares celestiales, aunque vivamos una experiencia terrenal. La iglesia nació del Espíritu y es espiritual porque es Cristo en nosotros. Somos espíritu teniendo una experiencia terrenal a través del alma; y sin nacer del Espíritu no hay acceso a las cosas del Reino.
Toda la Escritura da testimonio del Hijo: Moisés, los profetas y los salmos señalan a Cristo. Las Escrituras no nos enseñan a vivir en la carne, sino que revelan la vida de Cristo. Cuando Cristo habita y crece en nosotros, el orden de Dios se restablece. No se trata de cambiar palabras o comportamientos externos, sino de que la vida de Cristo sea formada para expresarnos en esa realidad.
La ley escrita se convierte en la ley del Espíritu, grabada en tablas de carne. Esta es la naturaleza nueva: no imitar desde afuera, sino que Él viva y actúe en nosotros. Somos ministros y testigos porque participamos del sacrificio agradable a Dios: Cristo mismo. Los sacrificios antiguos señalaban al Hijo, pero Él vino para quitar el pecado de una vez y para siempre. Crucificados con Él, ya no vivimos nosotros: vive Cristo en nosotros.
Toda la palabra apunta a Cristo desde Génesis hasta Apocalipsis. La promesa dada a Abraham anunciaba al Hijo, y los hijos de la fe son herederos de esa promesa. El evangelio del Reino es Cristo en su iglesia. El reino de Dios no es visible a los ojos naturales; es una realidad espiritual. No se lo puede ver mirando solo la vasija. Aunque la iglesia atraviesa procesos y pruebas, la realidad interior permanece: Cristo en nosotros es el reino manifestándose como vida. El mundo verá a Cristo cuando perciba la fragancia de su persona expresada por su cuerpo, y por esa expresión muchos serán atraídos y salvos.
Síntesis hecha desde las frases
La Escritura no es esencialmente la Palabra; Cristo sí lo es. Pero con la mente natural no se puede acceder a este conocimiento; es por la obra del Espíritu que podemos ver que Cristo es la manifestación suprema de la Palabra de Dios.

Todo el obrar de Dios es formar a su Hijo en nosotros, y no hay manera de que el mundo vea a Cristo si no es en su propio Cuerpo. Por eso Él produce en nosotros su obrar; Dios no llama buenas obras a aquello que no sea su propio obrar.

Cuando Cristo es formado, comienza a brotar su fragancia. Así, la adoración no es algo que la Iglesia haga, sino algo que Dios produce cuando Cristo se manifiesta en nosotros. En consecuencia, no hay avance a menos que el aroma de su Persona se esté manifestando en nosotros.

Estamos aquí por causa del propósito de Dios; es por nuestra unión con Cristo que somos espíritu teniendo una experiencia terrenal por medio de la administración del alma, porque Cristo gobierna en un gobierno de vida, y es necesario que la Vida sea formada en nosotros para saber quiénes somos. El reino de los cielos no se puede ver con los ojos naturales, pero, en la medida en que por el Espíritu entendamos, seremos testigos de esta Vida. ¿Quiénes somos? Somos los que estamos todo el tiempo crucificados con Él; este es nuestro culto racional. Somos los que vemos la gloria de Dios, que es la faz del rostro de Cristo en la tierra de nuestra alma.

Las Escrituras no nos enseñan a vivir, sino que describen la Vida que habita en nosotros, porque toda la Escritura da testimonio de Cristo. La Escritura no es la Palabra. La Palabra no puede ser interpretada porque es una Persona; tiene que ser vista, oída. Y esto es posible porque todo lo que Dios tiene para revelar ya está en nosotros: el evangelio del reino es Cristo en nosotros, y el Señor nos está entrenando a vivir en la dimensión del Cuerpo glorificado de Cristo, que es la Iglesia.

Citas Bíblicas
(Referencia + breve idea del contexto o aplicación)
•Juan 1:3
•Hebreos 11:3
•Hebreos 1:2-3
•Salmo 67:3-4
•2 corintios 2:14-15
•Apoc 19:13
•Hebreos 4:12
•Isaías 55:11
•1 Pedro 1:23
•Juan 8:43
•Juan 8:37
•Juan 3:3
•Juan 11:45-52
•Hechos 7:52
•Hechos 1:3
•Lucas 24:44-45
•Galatas 3:6-8
•Lucas 4:43
•Mateo 4:17
•Lucas 17:20
•Hechos 28:30-31
•Hechos 26:14-16

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